Bajo el esquirlado cielo de Esc Helena Pinen, el aire no se respiraba, se cortaba. Las nubes, si es que se les podía llamar así, eran fragmentos de cristal de obsidiana que flotaban en una suspensión magnética, reflejando una luz violeta que no parecía venir de ninguna estrella conocida.
De pronto, el cielo emitió un crujido ensordecedor. Una de las enormes placas de cristal negro se desprendió, girando sobre sí misma como una guillotina celestial. Kaelen se lanzó al suelo, cubriéndose la cabeza. El impacto no produjo una explosión, sino un silencio absoluto que succionó el sonido de la llanura durante cinco segundos exactos. Bajo El Esquirlado Cielo De Esc Helena Pinen ...
La resina no era ámbar, sino del mismo tono que el cielo antes de la Gran Fractura. Al tocarla con la sonda, una imagen se proyectó sobre la superficie del cristal más cercano: un bosque verde, cielos azules y una mujer que se parecía extrañamente a Elara, sonriendo bajo un sol de verdad. Bajo el esquirlado cielo de Esc Helena Pinen,
Elara caminaba unos metros por delante, su capa andrajosa ondeando en un viento que no movía la arena, sino que vibraba en los dientes. Eran buscadores de "eco-resina", la única sustancia capaz de sellar las brechas en las cúpulas de la ciudad subterránea. Esc Helena Pinen era un cementerio planetario, pero para los supervivientes, era una mina de oro y muerte. Una de las enormes placas de cristal negro
Kaelen ajustó la válvula de su respirador mientras caminaba por la duna de sílice. Cada paso sonaba como cristales rotos bajo sus botas de cuero reforzado. Sabía que no debía mirar hacia arriba por demasiado tiempo; el "esquirlado" tenía una forma hipnótica de fracturar la cordura de los hombres, proyectando visiones de futuros que nunca sucederían o pasados que dolían demasiado recordar.
—Resina —susurró Elara, acercándose con el extractor listo—. Pero mira el color, Kaelen. Esto no es normal.